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lunes, 17 de febrero de 2014

De la caldera a la pava eléctrica pasando por el termo 2



Segunda nota
Las observaciones de los viajeros del siglo XIX (1)
 Por Jorge Surraco Ba

En esta segunda nota sobre el mate, tan venerado y consumido por uruguayos y argentinos, plantearemos y trataremos de demostrar que no es algo, como se piensa, exclusivo del ámbito rioplatense con algo de proyección hacia el resto de Argentina. Para ello vamos a indagar en las observaciones de algunos viajeros extranjeros que nos visitaron en el siglo XIX, presentándolos en el orden de las fechas en que anduvieron por estos pagos. Esta búsqueda nos permitirá encontrar las raíces históricas de esta costumbre y proyectarla a la actualidad.
 
            Comenzaremos por Julien Mellet[1] (1808) que luego de su viaje por Paraguay y relatando los distintos productos de esa zona, se detiene especialmente en la descripción de la yerba y el uso del mate: “…creo útil hacer aquí la descripción de la yerba mate del Paraguay, tan renombrada en la América Meridional y enseñar su preparación y su uso.
         Se comienza por colocarla en un calabazo chico, llamado mate, preparado en forma de copa pequeña. Se pone como en el té, suficiente cantidad de azúcar y se vierte enseguida agua hirviendo, que se bebe pronto sin dejarla que tenga mucha infusión, pues de otro modo se pone negra como la tinta.” 

Llamamos la atención sobre el tema del azúcar y del agua hirviendo, práctica muy en boga en esos años y hoy considerado como una mala práctica. Ya marcamos esta particularidad en la nota anterior sobre este tema y en este mismo blog a la cual nos remitimos[2]. Sigamos el relato de Mellet: “Para evitar que la yerba que sobrenada se trague, se emplea un cañuto de plata que se llama bombilla, la cual en una extremidad tiene una bola cubierta de muchos pequeños agujeros, que dejan salir enteramente la bebida. Todo el mundo toma el mate en rueda con el mismo cañuto; y a medida que se bebe, se vuelve a poner en el mismo mate y la misma yerba, más agua caliente.”

         La bombilla, la costumbre de pasarla de boca en boca y la de seguir agregando agua a la misma yerba, son detalles que siguen llamando la atención a quienes nos ven por primera vez tomar mate a los argentinos y uruguayos, aspectos que, a los que prácticamente hemos nacido tomando mate, nos parece lo más natural del mundo. Continuemos con las palabras del comerciante francés: “…Tal es el modo usado en el Paraguay. La diferencia que hay es que los ricos gastan mates de plata u oro macizo y los que los pobres usan, solo están adornados con plata.” Estas piezas históricas pueden observarse en nuestros museos, no obstante resulta curioso que los pobres de entonces usasen mates adornados con plata, aunque no se debe olvidar que la platería fue una artesanía practicada por los pueblos aborígenes del sur argentino.

            Mellet hace una apreciación favorable al mate por encima del té: “…Esta bebida de olor muy agradable es, a mi modo de pensar, mejor que el té. Las gentes del país están de tal modo habituadas a ella que los más pobres la toman tres o cuatro veces al día, especialmente en ayunas.” Compartimos la opinión de Julien respecto a la superioridad del mate sobre el té, aunque la misma podría estar influenciada por el hecho de que él es francés y el comercio del té es un negocio monopolizado en ese tiempo por los ingleses en Europa, con quien Francia esta enfrentada en 1808 y probablemente, quisiera introducir una competencia a la bebida proveniente entonces de China, India y especialmente de Ceylán, la actual República Socialista de Sri Lanka y que en 1802 se había convertido en la primera colonia de dominio inglés. No hay que olvidar que Mellet es un comerciante y que sus escritos, como los de los muchos viajeros que nos visitaron en esa época, tenían diversidad de fines como pueden ser la información para inversionistas; espionaje militar o satisfacer la curiosidad del público decimonónico por regiones exóticas.
 
            Es interesante la observación que hace respecto al comercio de la yerba mate en esos años: “…Además del gran comercio que hacen con esta bebida en países lejanos, el que mantienen con las ciudades de La Paz, Cuzco, el Alto Perú, Chuquisaca, Mendoza, Salta, Tucumán, Córdoba, San Juan, San Juan de la Frontera, etc., es mucho más importante. Todos los años se enviaban al reino de Chile, 21.800 quintales[3] para el consumo del país.”  Más de un millón de kilogramos de yerba mate por año enviados a Chile, nos parece un consumo muy importante para la época teniendo en cuenta el desarrollo poblacional de entonces. Santiago de Chile tenía por esa época (1808), 35.000 habitantes según Mallet (otros dicen 100.000 y 700.000 en todo Chile) y Buenos Aires con alrededor de 40.000, con una cantidad algo menor a Chile en todo el actual territorio de la Argentina. La gran difusión contemporánea del mate en todo Chile, tiene prolongadas raíces históricas, aunque durante un tiempo se haya recluido en la Patagonia chilena, lo mismo que en Bolivia y Perú, aunque hoy en estos países no alcance niveles importantes.

            La costumbre de tomar mate, no es como se piensa en general, una exclusividad de argentinos y uruguayos, mal que le pese al orgullo rioplatense, sino que es algo extendido históricamente a todo el Conosur, donde hay que incluir también a gran parte de Brasil, especialmente en su zona sur. Tampoco hay que olvidar a Paraguay que no es sólo productor, sino también gran consumidor. En Chile, donde ya se anda por la calle con mates y termos, aseguran tener la ciudad con mayor consumo de yerba mate del mundo per cápita: Coyhaique, en el sur transandino, región desde donde se ha proyectado a la zona metropolitana, donde también la han llevado jóvenes que han vuelto de Argentina. Estos países en su conjunto suman más del 95% del consumo mundial de yerba mate[4].

            Próximamente, continuaremos con otro viajero del siglo XIX y sus observaciones sobre la costumbre sudamericana de tomar mate.

BIBLIOGRAFÍA          
Mallet, Julien: Viajes por el interior de América Meridional; Hyspamérica, Buenos Aires, Argentina, 1988.

[1] Julien Mellet, comerciante francés que recorrió el continente centro y sudamamericano durante 12 años, desde 1808 hasta 1820. Su libro “Viaje por el interior de América Meridional”, se publicó por primera vez en París en 1821.
[3] El quintal es una medida de peso, equivalente a 46 kgs.; cien libras, o cuatro arrobas. En este caso Mellet nos informa que hacia 1808, Chile consumía 1.002.800 Kg de yerba mate por año.
[4] Instituto Nacional de la Yerba Mate.

martes, 10 de abril de 2012

De la caldera a la pava eléctrica pasando por el termo – 1


Por Jorge Surraco Ba

No hay mejor compañero para la galleta que el mate (a pesar que la galleta pueda sostener cualquier otro manduque). Pero la relación simbiótica de mate con galleta o galleta con mate (da lo mismo), no creemos que pueda ser superada, además de ser todo un recurso, quizá el único, en eso de aplacar el hambre entre nuestros hermanos sumergidos en la pobreza.

Esta serie de notas pretende rescatar curiosidades sobre el placer de tomar mate y las variaciones que ha soportado y superado a lo largo del tiempo y a través de los distintos espacios de nuestro país y alrededores, donde se practica este ritual.

Nuestra erudición y herencia  materas nos indican determinados parámetros que no se pueden superar, so pena de exponerse a la vindicta pública de otros fanáticos materos y afines. Uno de esos límites es el agua hervida o muy caliente, enemigas acérrimas del buen mate. Y no se trata solamente de la temperatura, porque el agua enfriada luego de hervida dejándola esperar un tiempo o con el agregado de otra agua fría (dice la tradición y las personales comprobaciones), debe ser descartada porque ha sufrido una alteración química (pérdida de oxígeno), que no permite obtener el mejor gusto de la yerba. 

Así lo afirman expertos como Amaro Villanueva (ilustre gualeyo), autor de un libro sobre el mate de gran solvencia y erudición. Decimos esto y reconocemos que aún no hemos leído otros libros de reciente publicación como el de Javier Ricca o el de una reconocida “sommelier”, Karla Johan Lorenzo, a quien vimos y escuchamos en un programa de televisión afirmar lo ya expresado acerca del maleficio del agua hervida para el mate.

Pero, ¿siempre ha sido así? Nuestros antepasados, ¿eran tan rigurosos en cuanto a la temperatura del agua para el mate?
Parece que no. El primer testimonio lo hemos encontrado en el libro “Cocina Ecléctica”, que Juana Manuela Gorriti publicó en 1890. Juana Manuela se dedicó en este libro a recoger recetas de comida tradicionales de la Argentina y otros países de América Latina donde vivió, luego de su dedicación  a la escritura de novelas, cuentos y ensayos; de haber tenido una azarosa vida y ser además una precursora de los derechos de la mujer en nuestro país. Para escribir ese libro, Juana Manuela no sólo apeló a su experiencia sino también a la de amigas, conocidas y no conocidas que por medio de cartas le hacían llegar sus recetas. Los nombres de las colaboradoras, están consignados al pie de las mismas.

En la página 363 de dicho libro podemos leer el siguiente texto firmado por Carmen Gascón de Vela y titulado precisamente EL MATE:

“Aunque los días de esplendor hayan pasado para esta deliciosa bebida, y no recorra ya los salones de nuestra alta vida en docenas de lujosos recipientes colocados en mancerinas[1] de plata, siempre, el mate, es y será el favorito de los retretes[2], recámaras[3] y dormitorios.
Entre las poblaciones de la Pampa, el mate es casi, un culto. Aquellos hombres barbudos y graves los sorben con una solemnidad parecida á la adoración. Y, cosa extraña; entre los refinados pasionistas del mate, nadie como ellos, sabe confeccionarlo. Dan á la yerba, en su infusión con el agua hirviente, un perfume esquisito, que una vez probado se echa de menos.
Hablando de esto á un viejo gaucho, vecino de mi Estancia: -Claro!-respondió.-Si es la cebadura de Artigas. Diz que este caudillo nunca tomó mate sino cebado por sus mismas manos. A mí, me es ya imposible cebarlo, por la parálisis que sufro en los dedos; pero daré á Vd. la sencilla manera de hacerlo:
Hiérvase el agua con tres hervores en una pava de barro ó fierro esmaltado. El mate ya cebado con la yerba sola, y al dar el agua el primer hervor, se echa, al través de la bombilla, dos cucharadas de agua fría. Se presiona sin revolver, y se deja humedecer la yerba, á fin de que la acción del agua fría le arranque su aroma.
Cuando el agua de la pava haya dado los tres hervores, se extrae del mate el agua fría que haya quedado despues de humedecer la yerba; y á esto se procede, ladeando con cuidado el mate, y presionándolo del otro lado con la bombilla. Se le pone el azúcar, y tras este se le echa con calma el agua caliente. Al servirlo, se mueve la bombilla en torno pero sin levantarla.
Trascribo, cual me dictó su receta el viejo gaucho, quizá necesarias para confeccionar ese delicioso mate.” [4]

Un texto para una buena polémica matera. No sólo en lo referente a la temperatura agua sino también sobre aquello de que el mate del criollo debe ser amargo para mantener intacta la tradición. Este gaucho, aparentemente muy viejo según lo escrito y con referencias frescas respecto a Gervasio de Artigas, tomaba mate dulce y con agua hirviente no solamente hervida. Artigas, ¿también lo tomaba así?
Será cuestión de investigar y de probar. 


[1] - Mancerina: plato con abrazadera.
[2] - Retrete: acá tenemos un problema, no sabemos si se refiere a una parte de lo que hoy conocemos como baño: “habitación donde está instalado el recipiente de loza esmaltada en forma de taza usado para orinar y evacuar el vientre”; o al cuarto pequeño usado por la señoras para aislarse, lo que en algunas provincias  se llamaba “el cuarto para llorar”. La distinción de la señora nos inclina por la segunda acepción.
[3] - Recámara: cuarto destinado a guardar vestidos y alhajas. Estaba después de la cámara o sala principal destinada a circunstancias de solemnidad especial.
[4] - Hemos mantenido la ortografía y acentuación del original.