La alimentación del General
San Martín durante la campaña libertadora.
Por Jorge Surraco Ba
![]() |
Plaza San Martín de Gualeguay |
Cuando vivía en Gualeguay, nuestra casa
estaba ubicada cerca de la Plaza San
Martín. Cuando pasaba caminando, me quedaba mirando la estatua del prócer allí
instalada. Siendo muy chico, me habían convencido que todas las mañanas, muy
temprano, bajaban al caballo para que hiciera sus necesidades. ¿Y San Martín?
Preguntaba yo. No había respuesta a mi interrogante. Siempre me preocupó que
los próceres que nos enseñaban en la escuela fueran tan perfectos, inmaculados,
sin rasgos, costumbres o necesidades que los acercaran a nosotros, pobres seres
humanos. Con el tiempo y mis lecturas cuidadosas de libros por todos conocidos,
fui descubriendo que la imagen que nos daba el colegio de los próceres era
falsa, pero que las debilidades, dudas, urgencias materiales y espirituales que
tenían, engrandecían la obra que habían hecho y lo más importante, los ponían cerca
de nosotros, en veredas próximas de la vida, sin desconocer la grandiosidad de
sus personas.
Hoy
se conoce, se podría pensar de manera masiva (la televisión lo ha tratado[1]),
que San Martín era una persona que padeció muchas enfermedades. Bartolomé
Mitre, uno de sus más importantes biógrafos, deja constancia que a los 37 años
era un “valetudinario”, es decir, un
enfermizo. Entre las enfermedades que padeció, nos interesa en función de la
temática de este blog que se ocupa del comer; destacar su gastropatía, sin
entrar en detalles dado que no es la finalidad de esta nota, tratar las
enfermedades del Libertador.
De la Biografía de Mitre[2],
podemos entresacar: “Llevaba una vida
más que modesta, austera.” “Era un madrugador y se desayunaba ligeramente.” “En
su mesa era muy parco y sobrio…” “…su bebida habitual era el café…” Pero no es
solamente Mitre quién habla de esta preferencia. Manuel de Olazábal, uno de sus
oficiales destacados, relata en sus memorias el siguiente episodio de 1823
cuando San Martín, enfermo y decepcionado, regresando del Perú y Chile, se
encuentran en la cumbre de la cordillera: “…invitado
a descansar y a tomar un poco de té o café, aceptó, y ayudándolo a bajar de la
mula, se sentó sobre una montura… Inter se cebaba un mate de café que prefirió... y dijo:
-¡Qué
Diablos!, me ha fatigado esta subida…
Después
que tomó el café con un
biscochuelo, mirándolo exclamó:
-¡Tiempo
hace hijo, que mi boca no saborea un manjar tan exquisito!...[3]
Seguramente un gastroenterólogo actual hubiese
censurado esta adición al café. No lo decimos por conocimientos médicos, sino
por experiencia personal.
Para
seguir conociendo sus costumbres gastronómicas, recorreremos los testimonios de
viajeros y agentes extranjeros que lo conocieron y frecuentaron, especialmente
durante su campaña libertadora.
Jean
Adam Graaner, un viajero sueco dice sobre las costumbres de San Martín: “No aprecia las delicias de una buena mesa y otras
comodidades de la vida, pero por otro lado, le gusta una copa de buen vino.” [4] Sobre este dato volveremos más adelante porque es
una de las cosas que sus detractores difundieron: ser afecto a las bebidas
alcohólicas. Precisamente en este sentido W. G. D. Worthington, un agente
norteamericano, expresa: “Es… sobrio en el
comer y el beber; quizá esto último lo considere necesario para conservar su
salud, especialmente la sobriedad en el beber.” Y más adelante en su relato,
cuando lo visita luego de la batalla de Maipú, agrega: “Yo llegué al campo mientras el Director, el
general San Martín y oficiales estaban en un almuerzo campestre… Entré poco
después y los encontré comiendo, sin platos, y casi todos con una pierna de
pavita en una mano y con un trozo de pan en la otra… San Martín, levantándose,
me ofreció un trozo de pan y otro de pavita… Brindé con el Director, bebiendo
hasta la última gota de un vaso de vino Carlón, a la usanza soldadesca.”[5]
El
coronel Manuel Alejandro Pueyrredón, del Ejército de los Andes, escribió una
semblanza de San Martín donde habla de sus gustos gastronómicos y de sus
conocimientos respecto a los vinos.
“En su sistema alimenticio, dice Pueyrredón, era
parco al extremo, aunque su casa y su mesa estuviesen montados, como lo
estaban, a la altura correspondiente a su rango. Siempre asistía a la mesa,
pero a presidirla de ceremonia o de tertulia. El comía solo en su cuarto y a
las doce del día, un puchero sencillo, un asado, con vino de Burdeos y un poco
de dulce. Se le servía en una pequeña mesa, se sentaba en una silla baja y no
usaba sino un solo cubierto; y concluida su frugal comida se recostaba en su cama
y dormía un par de horas.” A este menú solía sumarse el café, al que era muy
afecto, pero que tomaba con bombilla en compañía de alguno de sus oficiales.
“Era
gran conocedor de vinos –continúa
Pueyrredón – y se complacía en
hacer comparaciones entre los diferentes vinos de Europa, pero particularmente
de los de España, que nombraba uno por uno describiendo sus diferencias, los
lugares en que se producían y la calidad de terrenos en que se cultivaban las
viñas.”[6]
Pero también, el Libertador elogiaba los vinos mendocinos y sanjuaninos,
ponderándolos entre los mejores que él conocía. Manuel de Olazábal cuenta que
en cierta oportunidad, San Martín hizo poner vino de Málaga en botellas de
Mendoza y viceversa; cuando llegaron los comensales, les sirvió de ambos vinos
y les pidió sus opiniones. Todos coincidieron en qué el vino que decía
“Mendoza” era bueno pero hasta por ahí nomás; en cambio elogiaron
entusiastamente el que decía “Málaga”. Cuando el Libertador les explicó su
triquiñuela debieron aceptar la razón que lo asistía para defender el vino
cuyano.[7]
El
humor y estas pequeñas trampas que hacía ligadas a los almuerzos, eran otro
aspecto de su personalidad. “Antonio Arcos,
que fue jefe de ingenieros en el Ejército de los Andes, se jactaba de trinchar
aves como nadie. Cierto día, San Martín decidió jugarle una broma y le hizo
traer un pato no suficientemente cocinado. Además le dio una cuchilla casi sin
filo. Y lo azuzó:
-¡Vamos,
señor Arcos, veamos cómo nos trincha usted ese pato!
Mientras
Arcos transpiraba tratando de demostrar su arte, San Martín y los oficiales que
le acompañaban –y que estaban en el asunto- bromeaban a costas del improvisado
cocinero. Hasta que una carcajada general hizo caer a Arcos de qué se trataba.”[8]
Pero el Gran Capitán era también creador de recetas de cocina. De esto
nos enteramos por el libro COCINA
ECLÉTICA de Juana Manuela Gorriti, libro confeccionado, según la misma
autora expresa con recetas enviadas por sus amigas de Argentina, Bolivia y
Perú, lugares todos donde vivió. En la página 52 de la edición que disponemos
(aparentemente facsimilar de otra anterior aunque no lo referencia), incluye un
“Dorado á la
San Martín” firmado por Deidamia Sierra de Torrens de la
ciudad de Metán y dice así, literalmente:
Diz que allá, cuando este héroe, en su gloriosa
odisea, cabalgaba por los pagos vecinos al Pasage, un día, al salir de Metan,
pronto á partir, y ya con el pié en el estribo, rehusaba el almuerzo que,
servido, le presentaban, llegó un pescador trayéndole el obsequio de un hermoso
dorado; tan hermoso, que el adusto guerrero le dio una sonrisa.
Alentados
con ella sus huéspedes:
-Ah!
Señor! –exclamaban, alternativamente.
-Siquiera
estos huevos.
-Siquiera
esta carne fria en picadillo!
-Siquiera
estas aceitunas!
-Siquiera
estas nueces!
San
Martín se volvió hacia sus dos asistentes:
-Al
vientre del pescado –dijo- todas esas excelentes cosas, y en marcha! –dijo, y
partió á galope.
Escamado,
abierto, vacio y limpio en un amen el hermoso dorado, fué relleno con el picadillo,
los huevos duros en rebanadas, las aceitunas y las nueces, peladas y molidas.
Cerrado el vientre con una costura, envuelto en un blanquísimo mantel, fué
entregado á los dos asistentes, que á carrera tendida partieron, y adelantando
al general, llegaron á la siguiente etapa, donde el famoso dorado fué puesto al
horno, y asado, y calientito lo aguardaban para serle servida en la comida. En
su sobriedad, San Martín quiso que ésta se limitara al pescado y su relleno.” (Se ha
respetado la ortografía original del texto)[9].
Verdad o fantasía creadora, la anécdota es
coincidente con la personalidad gastronómica del Libertador de medio continente
sudamericano.
[1] Historia
Clínica, Cap 9. Miniserie de TV transmitida por Telefé dirigida por Sebastián
Ortega.
Puede verse en http://youtu.be/_LWIAv8bKlw
[2] Mitre,
Bartolomé; Historia de San Martín y la Emancipación
Americana. (Referenciado por Oriol I Anguera)
[3] De
Olazábal, Manuel; Memoria y Episodios de la Guerra de la Independencia; Gualeguaychú,
1864. Referenciado por José Luis Busaniche.
[4] Graaner,
Jena Adam; Las Provincias del Río de la Plata en 1816;( transcripto por José Luis Busaniche en Estampas del pasado, parte 1;
Hyspamérica; Buenos Aires 1986).
[5] Transcripto
por Busaniche, José Luis; San Martín
visto por sus contemporáneos, Buenos Aires, 1942. (Incluido en Estampas del pasado, tomo 1)
[6] Diario La Prensa, febrero de 1978, en
el bicentenario del nacimiento del prócer.
[7] Diario La Razón, febrero de 1978,
suplemento por el bicentenario del nacimiento de prócer.
[8] Idem
referencia 7.
[9] Gorriti,
Juana Manuela; Cocina Ecléctica; Librería
Sarmiento S.R.L., Buenos Aires, 1977.
BIBLIOGRAFÍA
Oriol I Anguera, A. –Agonía
interior del muy Egregio Señor José de San Martín y Matorras- Librería del Colegio, Buenos Aires, 1954.
Gorriti, Juana Manuela –Cocina
Ecléctica- Librería
Sarmiento S.R.L., Buenos Aires, 1977.
Busaniche, José Luis –Estampas
del pasado, tomo 1- Hyspamérica,
Buenos Aires, 1986.
Diarios La Prensa y La Razón de Buenos Aires, Febrero de 1978.